El petróleo vuelve al centro del tablero geopolítico — y con él, los riesgos para la competitividad internacional

Abraham Lozano, director del Máster en Comercio Internacional, Logística y Negocios Internacionales de EUDE, analiza la crítica situación del petróleo a nivel global.

 

Últimamente, no puedes abrir una noticia económica sin encontrarte con una cifra que suena a alerta: el barril de Brent superó los 119 dólares, y el WTI se acercó a los 96, tras una jornada en la que los precios del crudo subieron más del 25%. Una sacudida de esas dimensiones no es solo un dato de mercado. Es un síntoma.

 

Y el síntoma de que, una vez más, el sistema energético global está al borde de su resistencia. Basta una señal de tensión en un punto estratégico —como el estrecho de Ormuz— para que los mercados reaccionen con velocidad y nervio. Y con razón: por allí pasa el 20% del petróleo que consume el mundo. Cualquier amenaza de interrupción, real o percibida, se traduce al instante en volatilidad, especulación y ajustes de precios.

 

Pero esta vez, el impacto va más allá del surtido. No se queda en el coste de la gasolina o en la factura de la electricidad. Está comenzando a filtrarse en la estructura profunda de la producción industrial, y en particular, en los grandes proyectos internacionales que muchas empresas españolas lideran en América Latina, África o Oriente Medio.

 

Según análisis recientes de Empresa Exterior, el encarecimiento del crudo está arrastrando alza los costes de materiales clave: cemento, aluminio, acero. No son solo materias primas. Son los cimientos de los proyectos llave en mano que exportamos. Y ahora, su producción y transporte se han vuelto más caros, no por decisiones de mercado, sino por una crisis energética que no controlamos.

 

Para una economía como la española, que importa el 99,6% del petróleo que consume, estas tensiones no son abstractas. Son directas. Y se pagan en márgenes, en planificación, en competitividad. Muchas empresas ya están revisando presupuestos cerrados, renegociando plazos, o postergando decisiones. Porque cuando el costo de entrada se mueve sin aviso, lo que parecía viable ayer, hoy ya no lo es.

 

Y aquí entra el problema de fondo: la dependencia energética como vulnerabilidad estratégica. Mientras regiones como partes de Asia cuentan con estructuras más diversificadas o acceso a reservas propias, Europa sigue expuesta. Y no solo al precio del crudo, sino al de la logística, al del gas (el TTF ya acumula subidas superiores al 10%), al del transporte marítimo. Todo se encarece, todo se ralentiza.

 

Si esta situación se prolonga —y no hay señales claras de que vaya a remitir—, no estamos ante una crisis puntual, sino ante la posibilidad de un escenario mucho más complejo: volatilidad sostenida, presión inflacionaria persistente, y una ralentización del crecimiento global. Un cóctel que pone en jaque la previsibilidad, y por tanto, la capacidad de competir en mercados internacionales.

 

En este contexto, la seguridad energética deja de ser un tema técnico para convertirse en una pieza central de la estrategia comercial. No se trata solo de tener energía. Se trata de tener estabilidad, previsibilidad y margen de maniobra. Porque hoy, más que nunca, quien controla su exposición al riesgo energético, controla su capacidad de competir.

 

El estrecho de Ormuz sigue siendo noticia. Pero la verdadera pregunta no es solo si el crudo pasará. Es qué tan preparados estamos para operar en un mundo donde el precio del crudo ya no es una variable más, sino un detonante.

 

Y esa, es una conversación que no puede quedarse solo en los despachos de política energética. Tiene que estar en cada sala de dirección que planifica una exportación, un proyecto, una inversión en el exterior.

 

Abraham Lozano, Director del Máster en Comercio Internacional, Logística y Negocios Internacionales de EUDE Business School.